viernes, 4 de septiembre de 2009

A Dallas por Detroit (May-2009)

Los temas más divertidos pueden surgir en la conversación cuando se congregan dos o más mujeres. Incluso con orejas masculinas deambulando en los perímetros del “foro” femenino, el discurso puede dar giros intensos e inesperados.
Un sábado de estos, varias amigas empezamos a hablar de ellos, de los hombres. No recuerdo por cuál razón específica nos metimos en el tema de los homosexuales y de ahí pasamos al reconocido tabú que es el sexo anal. Una de ellas (evidente y fuertemente influenciada por la película Brokeback Mountain) afirmó con vehemencia que cualquier hombre que busque tener sexo anal con su compañera es, sin lugar a dudas, un tipo con tendencias homosexuales.
-“No necesariamente”- dijo otra- “depende de la frecuencia con que lo pida.”
Esta amiga, a quien llamaré Teresa, afirma que una cosa es que de vez en cuando y por mutuo acuerdo (en pro del gusto que da la variedad) se le dé un giro de 180° a la situación en la alcoba, y otra muy diferente que todo el tiempo o la mayoría de las veces el tipo quiera que le den la espalda, lo que demostraría un patrón de conducta no muy normal en una relación heterosexual.
Hay un hecho comprobado científicamente y es que en las proximidades inmediatas del ano (llamado cariñosamente por muchos “el asterisco”) hay un centenar de terminaciones nerviosas que hacen del lugar un punto muy sensible a la estimulación y al tacto, tanto que me atrevería a asegurar que si no fuera porque nosotras ya tenemos bien ubicado nuestro Punto G, ambos sexos habríamos compartido coordenadas geográficas al respecto.
Entonces, nos pusimos a especular que los hombres heterosexuales tienen razón de guardar y proteger con tanto celo la zona en cuestión, porque hemos escuchado rumores de que, por lo general, el que prueba le gusta y si le gusta pues imagínense cómo puede seguir la historia.
Pero volviendo al tema de la variedad, actualmente muchos profesionales en sexología insisten en la importancia de experimentar e innovar en la relación sexual para mantener en un nivel adecuado las dosis de pasión e interés dentro de la pareja. Sin embargo, esto no es nuevo. Lo realmente novedoso es que la opción del sexo anal entre parejas heterosexuales sea aceptada y considerada como una alternativa viable y muy placentera para ambas partes, si se siguen las recomendaciones del caso. A saber: una excelente lubricación (aquí se vale de todo pero casi siempre implica el uso de sustancias externas o, como dice Willy “mucha salivita”), una estimulación gradual del orificio anal (máxime si es noche de debut), suficiente tiempo, calma y relajación y, lo más importante, un completo control de los movimientos por parte de la mujer.
Al final, todas coincidimos en que de todo hay que probar en esta vida para poder decir “me gustó” o “no me gustó”, aparte de que es importante reconocer que poco a poco las mentes se van abriendo más y más en lo que a sexo se refiere, dejando atrás, con pompa y gloria, el tiempo en que hasta la práctica sexual más básica era tachada de pecaminosa y tabú.
Así las cosas, gente, les dejo la inquietud de la media vuelta. Y cierro el tema aquí porque, como me dijo una de las chicas esa noche, esta columna se llama La Bisagra, no El Asterisco. Aunque de vez en cuando nos guste darle vuelta a la moneda para verle la otra cara.

La mejor banda sonora (Abril-2009)

Cuando hablamos de la oralidad en el sexo, no necesariamente hay que imaginarse la-boca-en-aquello o aquello-en-la-boca. Como seres sociales que somos, no podemos dejar de comunicarnos y aunque no se me ocurre mejor forma de comunicación entre dos cuerpos que el sagrado y sabroso acto sexual, a veces nuestra voz también tiene que decir “presente”.
Hay a quienes les gusta hablar o que les hablen. Es obvio que no me refiero a conversaciones articuladas sobre la crisis económica mundial o el último escándalo político del país. No, ese momento es casi exclusivo para decir esas famosas cochinadas que se escuchan en las películas porno gringas, traducidas por supuesto o más bien, adaptadas.
Habrá a quienes les guste que esas cositas se las digan con una voz fuerte y firme, entre jadeos (no se puede de otra manera, creo) y existirán quienes las prefieran susurradas en la pura oreja. Cualquiera de las dos maneras ayuda a incrementar la excitación no solo de quien las recibe sino también de quien las ofrece.
Dejando de lado las palabras más o menos bien articuladas (no siempre se puede hablar con una dicción impecable cuando la agitación es mucha; si no lo creen, traten de conversar cuando van corriendo…) otro factor oral que está presente en las interacciones sexuales son los gritos.
Por lo general, somos las mujeres las gritonas. En esto no hay mucha tela que cortar: están las que gritan y las que tienen silenciador. Conozco a una chica que dice que si no se libera pegando alaridos, no siente que cogió a cabalidad. El problema de esto es que tiene que hacer una de dos cosas: o coger siempre en un motel donde nadie vaya a llamar a la policía porque piensen que la están matando, o vivir en una casa un poco alejada de los vecinos porque si no se darían cuenta cada vez que se echa un polvo.
Conozco a otra que dice que no grita. No porque no quiera o no le guste, sino porque así se acostumbró desde que empezó a travesear con su primer novio. Explica que esas “travesuras” tenían que ser a escondidas y con frecuencia en la casa de los papás de una o del otro, por lo que la discreción era fundamental. Como en materia de sexo casi todo se vale y casi todo hay que probar, la recomendación es intentarlo ahora, a ver qué le parece.
Lo importante del asunto no es qué tan fuerte sea el grito sino que ambos se sientan cómodos con la bulla, porque me contaba un amigo que una vez estaba en lo más y mejor con una doña y de repente esta soltó un gruñido horrible, tan feo dice, que se acordó de Linda Blair en El Exorcista y cuando vio que tenía los ojos en blanco se asustó tanto que se le bajó todo. Entonces, la moderación también es aconsejable.
Otra expresión oral muy aceptada y bien recibida son los gemidos. Un término medio entre la palabra y el grito e indudable prueba de nuestros instintos animales más primitivos, los gemidos están siempre cargados de sensualidad. Son además muy sugestivos y dicen muchísimas cosas sin necesidad de tanto esfuerzo en articular frases o rasparse la garganta.
Si lo táctil y lo visual son factores fundamentales en el sexo, lo mismo que en una buena película, el soundtrack no se puede quedar atrás. Subir o bajar el volumen, en realidad es intrascendente: el efecto que producen los sonidos en sincronía con los movimientos es lo que verdaderamente importa. Es una de las cosas que nos invita a volver a ver la “movie”.

jueves, 5 de marzo de 2009

El políticamente correcto pene (Mar-2009)

Continuamos este mes con los apodos de los órganos reproductores, esta vez dedicándole toda nuestra atención al lado masculino. Nos hemos dado cuenta de que en esta área el terreno es mucho más fértil de lo que esperábamos, pero no es tampoco una gran sorpresa dado que a lo largo de la historia, el hombre ha tenido una mayor libertad de expresión en materia de sexo.
Vamos de nuevo por categorías, a ver qué encontramos:
Del Reino Animal: por lo general cualquier nombre de serpiente es utilizable para nombrar al pene, pero los preferidos son los que citan a especies de gran tamaño como la anaconda o la pitón (lo cual también dice mucho de la modestia del dueño) aunque a veces, a la hora del show, lo que se aparezca sea un gusanillo o una lombriz. Por el lado de las aves también es prolífica la lista pues le llaman el pájaro, la polla, el pato, la paloma, el carraco, el gallo chiricano, el pichón o en casos graves de minimalismo, el colibrí. Partes de animales también sirven de apodo, como trompa de elefante, nariz de conejo, pescuezo de pollo, cola de mono, cacho, cabeza de chompipe o simplemente pico.
De objetos varios: le dicen la tuca, el leño, el tronco, el palo encebado, el bate, el garrote, el tolete, el sable, la espada del augurio (muy Thundercats), la manguera, la perforadora, el taladro, la pistola, el rifle, la ametralladora, la bazuca, la lanza fuego, la flecha, el puro de Campeche (que no echa humo, echa leche), la perinola, el paquete, el pedazo, la pierna del medio, la palanca, el freno de mano, el joystick, el clavo de 4 pulgadas (en reposo) o el mazo.
De instrumentos musicales y otros aparatos de soplar: en este caso tienen que ser comparables con el pene en forma y usos alternos (tener que llevárselos a la boca para que funcionen es un requisito fundamental) por lo que tenemos el saxofón, la flauta dulce, la corneta, el clarinete, la trompeta, la cerbatana, el pito y hasta el espanta suegras.
Los nombres inventados: entre estos están la pilín, el pipí, el piricacho, la miona, la pirula, la pija, el mípalo (ellos preguntan ¿te gusta la miel de Mípalo?), la poronga, el pirulín y la (muy a la tica) picha. En spanglish encontramos el pene-trator y el pene-drive.
Los nombres propios famosos: usualmente la modestia es una virtud ausente a la hora de nombrar al pene por lo que algunos deciden llamarle Rambo, Tarzán, Schwarzenegger, Terminator, MacGyver, 007, Triple X y hasta Chuck Norris; todos grandes personajes de acción y masculinidad extrema. Otros le dicen Nessie (en honor al monstruo del lago Ness), Godzilla o Taz.
De los comestibles: volvemos al asunto de la intrínseca relación entre el sexo y la comida. Por aquí tenemos nombres súper comunes como banano, plátano, guaba, pepino, maní y vainica. Los de chupar: boli, popi, melcocha y helado de palito. Los embutidos: salchicha, salchichón, salami y chorizo. Las harinas: bollo, baguette, arrollado de carne, taco de carne y churro relleno (de aquí se deriva la churromanía…). Y los sustitutos: chupón o chupete.
El velo del tabú tiende a recaer sobre los temas sexuales con una alta frecuencia por lo que la suplantación de nombres es una práctica común y muy justificada cuando se trata de hablar de sexo, en especial cuando se le quiere poner un poquito de picante o jocosidad a la conversación. A veces también se busca el efecto de que suene un poco sensual o bien, políticamente correcto; aunque esta no sea la norma general. Porque “agarrame la verga” no suena tan decente como “agárreme el banano”, pero ambas suenan mucho mejor que “coloque su mano en mi pene”, si saben a lo que me refiero.

Simios, sapos y otros nombres “comestibles” (Feb-2009)

A los ticos nos caracteriza un “talento” innato para poner apodos y cambiarle el nombre a las cosas (un saludo especial para todos los alajuelenses, que en este campo se llevan el premio a la excelencia) y nada ni nadie se escapan a esta manía nuestra. Ni siquiera (ni mucho menos) “aquella cosa” que cada persona tiene en medio de las piernas.
En esta columna –y en la que sigue- haremos un repaso de algunos de los sobrenombres más comunes que se escuchan por los caminos de la vida, para designar popularmente esa parte especial de nuestro cuerpo. Empezaremos con las damas, citándolos por categorías, de acuerdo al origen del apodo:
Del Reino Animal: De los mamíferos, el sobrenombre más famoso es el mono o mico, en referencia –suponemos- a lo peludo del asunto en cuestión (aunque ahora, con tantas técnicas de depilación nuevas, eso es algo muy relativo). También le dicen el misingo, derivado del apodo “car’e gato” o bigotudo; de nuevo, en referencia a las vellosidades del área. Se le ha denominado, además, (y este es un nombre que sólo he oído en la bajura) “la huella de venado” o camel toe en inglés; nada más usen la imaginación…
Por el lado de los anfibios, el apodo favorito es “el sapo” (contradiciendo a los apodos anteriores, pues los sapos no tienen pelos) y cuando alguien dice “vieras qué sapo más grande”, todos los pensamientos se van por la tangente. De la familia de los insectos, están los términos la cuca, el escarabajo y, uno más general, el bicho.
Objetos y cosas: Los apodos más comunes en esta categoría son la cosa o el “chunche” y bien sabemos que son palabras comodín utilizadas para muchos fines diferentes. La pepa, el aparato, la hendija, el partido, la concha y –un favorito de esta columna, por razones obvias- la bisagra, engrosan esta lista. Me llamó mucho la atención una vez cierto tipo que decía que tal mujer tenía “el garaje” donde él parqueaba su “carro” y según él, siempre andaba en busca de un nuevo garaje.
Palabras inventadas: Aquí nos podemos dar gusto citando nombres que se inventan y que nadie sabe a ciencia cierta qué quieren decir, más que una designación para el aparato reproductor femenino. Entre otros se pueden mencionar el guayoyo, el sisimiqui, el mikiri (este hasta tiene una canción y de todo), el wiwicho (este es un nombre navideño, basado en el coro de un famoso villancico en inglés), la chocha o el chuica. Si se practican bastante y se llegan a hacer más populares quien quita un quite y hasta se podrían convertir en neologismos (nuevas palabras).
Comestibles: otra categoría que da para mucho es esta y al relacionar a los órganos sexuales con comida queda demostrado, en forma tácita, que el sexo oral es mucho más popular de lo que la mayoría reconoce. Por el lado de las frutas y verduras tenemos que le dicen la papaya, el níspero, el zapote, el mamey, el zapallo, el repollo y la semilla de café. Representando a los mariscos están los siguientes: la ostra, el mejillón, la chucheca y, dependiendo del tamaño, hasta el ostión vaca. En el campo de los carbohidratos también hay material pues le llaman el pan dulce, el bizcocho, el rosquete, la arepa y la biscotela; sin embargo, la más popular de este grupo es la empanada, denominación de la cual se derivan una serie de nuevos apodos como “panocha” y ese mismo término masculinizado, que en este mundo post-moderno y rebosante de anglicismos se ha convertido en el muy perseguido “bread-8”.
Tengo la seguridad de que la lista podría seguir por más páginas, pero vamos a dejarla hasta aquí por el momento. Para la próxima edición repasaremos los apodos del órgano reproductor masculino y quiero invitarles a que nos envíen (con su justificación o explicación) aquellos sobrenombres que les llamen la atención dentro de las categorías que citamos (o en algunas nuevas, si fuera del caso) a nuestro correo electrónico.

La mejor pose es la que más te gusta (Nov-2008)

Ya estamos en noviembre. Este mes en el que la mayoría de las escorpionas salen a celebrar su cumpleaños, también nos trae la última Bisagra del 2008. Esta vez viene llena de poses (no necesariamente glamorosas) pues tocamos el tema de las posiciones que ellos prefieren para gozar del sexo, así como las razones principales de esas preferencias. Aquí les van, en orden de importancia:
La Vaquera. Esta pose fue, por excelencia, la más votada por los chicos. Supongo que nada tiene que ver con que parezca que los estamos montando y por lo tanto se sientan caballos con así “montura”. Aunque algunos la llaman “woman on top”, a mí me parece que debería llamarse “la vaquera” ya que involucra tanto cierta gracia para la equitación como habilidades para el rodeo, pues cuando la cosa se torna emocionante o la montura se pone “chúcara”, hay que agarrarse porque la que se cae, pierde. Ellos dicen que esta posición es la mejor porque la mujer puede llevar el ritmo de los movimientos, la penetración es profunda y aparte les da acceso manual (jugar pelotas, hacer la mamografía, tocar botones, etc) y visual al goce de su pareja.
Manos arriba, contra la pared. No, no es un asalto ni un arresto; es la segunda pose más votada. Por lo que me dijeron, en esta posición los chicos se sienten como mono en botica: pueden tocar todo lo que les de la gana, lo cual sabemos que es un gran motivo de excitación, aunque no tanto como el hecho de que en este caso sean ellos quienes tienen el control en su poder. Alguno mencionó incluso un par de ganchos de hierro convenientemente ubicados en la pared/escena de los hechos, para tener mayor agarre y tracción (¡eso 4x4!). Una variante de esta pose (sin pared por delante), dicen, también es muy exitosa para un “rapidín” en un ascensor, una multitud a oscuras, un clóset o un baño… ¡Imagínense nada más la creatividad! Qué muchachos…
El perrito. Esta sí que tiene mal puesto el nombre pues debería llamarse, en todo caso, “los perritos”, ¿no creen? La mujer en cuatro patas al mejor estilo canino; el hombre por detrás (generalmente de pie), otra vez con el control total de los movimientos y las manos en las caderas de la feliz víctima, dispuesto a jugar piloto de pruebas. De nuevo en este caso, la penetración es tan profunda como pueda ser (sin que llegue a empalar a la susodicha) y con la respectiva alta dosis de estimulación para ambas partes.
De medio lado. En esta pose, la chica va abajo, acostada boca arriba pero con las dos piernas juntas hacia un lado, como montando a caballo en el siglo antepasado (¡y dale con los caballos y las monturas!), y el hombre arriba. Parecería una versión mejorada del misionero con la diferencia de que, al estar las piernas de la mujer cerradas, se quebrantan todas las leyes de la física cuando al crecer la fricción esta, en vez de desacelerar, más bien aumenta la velocidad de los acontecimientos, para un final soñado de cuento tres equis con gritos y gemidos a la orden del día.
De cuclillas. Aquí se cumple literalmente aquello de “al cielo rezando y con el mazo dando” solo que ya sabemos de cual mazo hablamos. El hombre está de rodillas con la chica acostada boca arriba y las caderas levantadas a la altura el mentado “mazo”; las piernas de ella van apoyadas en los hombros de él. Suena a contorsionismo femenino, ¿verdad? Pues ellos dicen que no, que por el contrario es una pose bastante descansada para la mujer en la que casualmente (y sólo casualmente) ellos tienen otra vez el control de la jugada. No importa. A nosotras nos gusta que tomen el control de vez en cuando.
Y bien, ese fue el Top Five de las poses favoritas de ellos. En una próxima Bisagra hablaremos de la contraparte de esta edición, con fines meramente informativos que, esperamos y estamos seguras, los chicos sabrán aprovechar.
Les deseo unas placenteras fiestas de navidad y fin de año. Nos leemos en el 2009.

domingo, 26 de octubre de 2008

Esos truquitos tan útiles (Oct-2008)

Hablando de las artes amatorias, como de muchas otras cosas, hay quienes afirman que lo importante no es la cantidad sino la calidad. Habrá ocasiones en que así sea, pero definitivamente la cantidad es un factor de considerable importancia y no me refiero solo a las veces y repeticiones sino al tiempo que se invierta en el acto.
Para nosotras el tiempo que tengamos que durar no es problema pero a los hombres no les tocó tan fácil la tarea puesto que muchas veces tienen que recurrir a estrategias que los ayuden a aguantar más rato sin que se les baje…el ánimo.
Pero, ¿cuáles son esos trucos mágicos? En esa dirección se enfocó nuestra máquina encuestadora este mes y estos son algunos de los resultados:
El truco nirvana. Desconectarse mentalmente parece ser uno de los cursos de acción retardante más comunes, pese a que muchas de las menciones estuvieron asociadas con un leve detrimento en la calidad de la erección, lo cual tiene sentido porque al fin y al cabo logra el efecto deseado. Eso sí, la imagen mental, pensamiento o situación hipotética que se escoja para poner en práctica este truco deben ser escogidos con sumo cuidado y ojala antes de que sea inminente su uso pues escuché la historia de un chico que se imaginó a su abuela rezando y en ese momento todo se le vino abajo. Todo. Ahora bien, la desconexión mental también debe tener ciertos límites que les permitan mantenerse en esta dimensión del universo, no vaya a ser que después no sepan si cogieron, se los cogieron o sólo andaban viendo una peli porno de bajo presupuesto.
El toque de la mancuernilla. Según parece, existe un tipo de ejercicio que los hombres pueden practicar para retardar la erección desde el plano fisiológico. Sin embargo, a este truco solo se puede recurrir si ha existido al menos un poco de práctica previa que les permita dominar la técnica. El toque es hacer un movimiento parecido al que se hace con la mano al usar mancuernillas, solo que con la parte interna de la pelvis, esa que controla la salida del chorro en el proceso de micción. La misma contracción que permite “cortar” la meada, sirve también para retardar un poco la eyaculación. Quién habría dicho que jugar con el chorro podía ser tan útil…
El truco Cirque du Soleil. Cuando las cosas se calientan y llegan casi al punto del rojo vivo, otra de las estrategias de contingencia es el cambio inmediato de pose. Cuando la intención es aguantar un rato más, por lo general, las posiciones que más los estimulan a ellos se evitan a toda costa. Pero si por una “ingrata” casualidad están haciendo una pose que los llega a poner en aprietos el toque es cambiar con rapidez para evitar finales anticipados. Así que chicas, si en algún momento sienten que su pareja las hace como la trapecista que vieron volar por los aires la última vez que fueron al circo, sepan que lo más probable es que lo único que esté buscando sea alargar más ese tiempo tan excitante que pasan juntos.
El cambio de marcha. Si la emoción empieza a crecer de forma desmedida es inevitable que la velocidad también aumente. Entonces es tiempo de meter primera o cualquier otra marcha que permita desacelerar, aunque tampoco a la violencia porque tanto como podría resultar un éxito, podría también traer consecuencias no tan “divinas” como la que por lo general produce el siguiente truquito.
El toque del odontólogo. Para romper con el cliché de dejar lo mejor para lo último, dejamos en este lugar el que consideramos el peor. Este es, como diría Willy, un mal toque; al menos para nosotras. Aquí el hombre se pone en los zapatos del dentista que ve una muela sin remedio posible y la única creatividad que le sale del cerebro es decir: “hay que sacarla”. Esta no es la mejor de todas las opciones, chicos créanme, porque nos dejan literalmente viendo para el techo con un ¿IDIAY? atorado en la garganta en forma de grito.
Cabe mencionar que hubo quien me aseguró que nunca ha tenido que aplicar ninguna de las anteriores porque más bien se le cansan las nenas de tanto que aguanta, lo cual, aunque admirable y posible, es muy poco modesto.
Por otro lado, es importante recalcar lo que dicen los expertos en la materia: al parecer, el efecto de retardar la “venida” tampoco se puede lograr con cualquiera, tiene que existir un cierto nivel de comprensión/conexión con la pareja, así como una buena relación entre ambos.
Para terminar, hay que tener una cosa muy clara: es tan importante poder retardar la eyaculación como saber acelerarla pues cuando una pareja decide hacer un viaje de este tipo, no hay nada más rico que irse juntos.

martes, 9 de septiembre de 2008

El tamaño sí importa (Setiembre-2008)

A partir de cierta edad en la que el tema del sexo se convierte en cosa cotidiana, una crece escuchando una famosa frase: “el tamaño es lo de menos”. Puede que nadie se haya detenido a pensar en el trasfondo de tal afirmación porque simplemente se acepta como tantas otras que han mal nacido con respecto al asunto. La cuestión es que, si bien es cierto que el tamaño no es lo más importante, está muy lejos de ser lo de menos.
Yo lo veo así: hay un tamaño promedio (entiéndase por tamaño una cierta fórmula que combina con éxito longitud y grosor) que se considera normal y que resulta suficiente para satisfacer las necesidades de casi cualquier mujer. A partir de ahí se dan tamaños hacia arriba y tamaños hacia abajo.
Lo malo es que parece que los hombres (ojo que digo los hombres, no las mujeres) consideran el tamaño normal algo insuficiente y para desviar la atención de las variables métricas (o centi-métricas) vienen y se sacan de la manga frases que desvalorizan la importancia de las medidas, cuando lo cierto es que la gran mayoría se ubican dentro de ese promedio satisfactorio que tan felices nos hace a nosotras.
Entonces sale a la superficie la triste realidad de que con esas frases inventadas lo que tratan de hacer es minimizar el hecho de que casi todos, de a callado, desearían tenerla más grande. Acá surgen dos preguntas: ¿para qué? y ¿más grande que quién? pues categóricamente responden que no cuando alguien les pregunta si se fijan en las dotaciones de los demás cuando están en el baño o en los vestidores. Eso me parece muy sospechoso más cuando se sabe que el tema es de una sensibilidad bastante elevada. Puede que de ahí haya surgido la necesidad de domesticar a los burros y a los caballos, a punta de pura envidia…
Si una chica con una regla en la mano se le acerca a un chico, cuando ambos están en traje de cumpleaños, puede que acontezca en ese momento el mismísimo Apocalipsis: es prácticamente causal de ruptura y en casos más serios, de divorcio. ¡Casi ninguno se la deja medir! Lo peor es que si ellos mismos ya tienen el dato (ya sabemos que por lo menos una vez en la vida se la han medido y hasta comparado a escondidas, por más que lo nieguen) no lo quieren compartir. Al parecer no entienden que nosotras lo que queremos, en total honestidad, es tener la información para poder rajar de sus dotes con nuestras amigas, basándonos, por supuesto, en una correcta utilización del sistema métrico decimal.
Lo que sí es cierto es que cuanto más se aleje el tamaño del promedio hacia abajo o hacia arriba la situación se torna más complicada pues en el primer caso, las probabilidades de conseguir un segundo encuentro sexual decrecen, si es que acaso el primero se llega a concretar; y en el otro extremo del espectro de tamaños, los muy biguans a partir de cierta medida necesitan encontrar a una mujer con ciertas modificaciones anatómicas específicas para que no surjan “diferencias irreconciliables”.
Además, hay que tomar en cuenta que existen los gustos y las preferencias, pero eso ya es cosa de cada quien. En ese caso, la cuestión del tamaño, como dice un amigo mío, es cuestión de perspectivas; pero de ahí a decir que no interesa, como si fuera una verdad absoluta, hay demasiado trecho.
Resumiendo, es tan importante el tamaño del mar como el movimiento de las olas pero tampoco es que andemos en busca del Océano Pacífico porque las cosas muy vastas también tienen sus inconvenientes; por más que afirmen que las mujeres somos como las loras, que entre más grande el palo, mejor se acomodan.