viernes, 4 de septiembre de 2009

La necesidad tiene cara de chinchorro (Ago-2009)

Siguiendo un poco en la nota de la columna pasada, dejaremos de lado el asunto de la crisis pero vamos a tocar el tema de las emergencias. ¿Quién no ha pasado alguna vez en su vida por un momento de premura tal, que ha tenido que suspender lo que estuviera haciendo para dedicarse de lleno al motivo de la emergencia? Y sí mis queridas criaturitas, adivinaron otra vez: estoy hablando de sexo.
Resulta que en nuestros cuerpos hay unas pequeñas traviesas, llamadas hormonas que cuando les da por hervir se vuelve un poco difícil (por no decir imposible) detener el curso de los acontecimientos que vienen en camino (la calentura que llaman).
Algunas veces es como una cabeza de agua (indetenible y arrastra todo a su paso), otras como un huracán (no nos damos cuenta qué carajos nos revolcó y después todo queda tirado por todo lado) y otras veces es como una aspiradora gigante que succiona todo el aire (y el tiempo) del momento, pues invariablemente ambos protagonistas quedan con cara de sorpresa y sin aire, como diciendo “¿pero qué pasó aquí?”. Aunque sea una pregunta capciosa pues todos sabemos qué fue lo que pasó: se calmó la calenturilla en un dos por tres.
Una pareja de amigos míos me contaba que cuando eran novios y se escapaban a hacer cositas, en más de una ocasión, de la pura urgencia, tuvieron que parquear el carro a la orilla de la carretera antes de llegar a su destino final. Mi amiga se ríe cuando se acuerda pues dice que la primera vez que él arrimó el carro al zacatal ella le preguntó que porqué y él le contestó que porque ya no aguantaba.
-Claro,- intervino él -si llevaba rato de venirme “güeveando” ¿qué quería? Ni que uno fuera de palo…
Otro amigo me cuenta que una vez la chica ni siquiera le dio chance de que parqueara el carro y se le acomodó en medio del volante y él, hasta que se le saciaron las ganas. Eso suena un poco arriesgado, más con la nueva ley de tránsito pues yo supongo que eso debe ser más grave que hablar por celular sin manos libres. ¿Cuánto creen? ¿Unos 200mil de multa? Qué polvo más carillo… Además, cómo hizo para seguir manejando, eso todavía no me lo explico, pero lo importante, según mi amigo es que todo salió muy bien y no hubo daños a terceros (y la nueva ley no estaba en vigencia, muy importante).
La historia de otra pareja conocida es que andaban de gira y aunque sabían que estaban en la misma zona las posibilidades de que se encontraran eran bajas. Pero por esas cosas de la vida se toparon un mediodía y verse fue acalorarse; y en vez de irse a almorzar como dos personas juiciosas les tocó que buscar chante para ir a sudar la calentura, literalmente. La cosa es que como no conocían bien el área se metieron al primer lugar que decía “Cabinas por hora, 24 horas” y resultó ser un chinchorro de aquellos. Dicen que lo importante es que, por lo menos, la cama no se les cayó y sirvió muy bien a su propósito. Y también que, aunque llovió un poquito, los huecos del techo no dieron como para que se mojaran más que con la sudada de rigor.
El vacilón con este tipo de situaciones es que, por más plan de contingencia que se tenga, a veces no da tiempo de ponerlo en práctica.
Yo sé que hay quienes piensan que antes de meterse a un motelucho de cuarta es preferible incluso irse a “cama verde” pero la verdad es que esta última también tiene sus bemoles. Hormigas, troncos o raíces mal puestos, piedras y hasta serpientes son solo algunas de las cosas que se me vienen a la cabeza, en una pequeña lista relacionada con el asunto. Esto sin mencionar siquiera la posibilidad de que algún parroquiano vaya pasando por coincidencia y se tire el rollo. ¡Ay qué pena!
Lo cierto es que cuando se presenta una emergencia de estas, es porque ya existe una buena química entre las partes involucradas y por lo general, con tal de pasar ese rato juntos (tan juntos que no se sabe cual es cual) muchas veces ni les importa donde sea que estén consumando el acto, llámese “Hotel Las Arenas”, “Cabinas El Zacatal” o “Motel El Tamarindo”.
Por eso siempre es recomendable reprimir un poco las ganas de salir huyendo del lugar una vez acabado el show, por más feo que esté el “chante”, pues se puede prestar para malas interpretaciones, sobre todo por parte de nosotras las chicas que a veces somos un poco más sensibles a esas cosas.
Sin embargo, la historia es diferente si aparecen en escena otros bichos indeseables y rastreros no invitados a la fiesta, como cucarachas, ratones o culebras: en ese caso el permiso de huir es general, masivo e irrevocable. O como dirían mis amigas: ¡corramos todas!
Entonces, la idea es que aprendamos a disfrutar de las emergencias que no requieren de donaciones o recolectas (a excepción de fluidos corporales y otros conexos) y tengamos presente que lo único que hay que dejar bien guardado por un rato es el instinto “pipi” o “VIP” para meternos, por un ratito no más, en el pellejo de nuestros ancestros cavernícolas que, de cueva para arriba, cogían en cualquier lado donde les agarrara la calentura.

Los efectos de la crisis en el sexo y viceversa (Jul-2009)

Estos días que vemos transcurrir en la actualidad tienen de común denominador una palabra que se dice por lo menos una vez en cada conversación: crisis.
La bendita crisis (muchos la describirán con el opuesto de bendita) tiene al mundo entero a su merced. Que si la economía, que si los combustibles, que si la producción de alimentos, que si el desempleo; la lista parece interminable.
Yo creo que es válido mencionarla, analizarla y hasta asumirla en carne propia para ver de qué manera se puede sobrellevar. El problema surge cuando dejamos que la crisis tome las riendas de necesidades fundamentales y básicas en nuestras vidas. Y sí, adivinaron, estoy hablando del sexo.
Para nadie es un secreto que eso tan rico, esa práctica esencial de todos los mamíferos que rodamos por este planeta azul, más que un instinto es una necesidad. Pero encima de eso y como si fuera poco, el sexo constituye una válvula de escape del cuerpo, que se convierte en una herramienta imprescindible durante tiempos de dificultad. Una maravillosa y natural receta anti-estrés.
Hay estudios que señalan la existencia de personas que, al atravesar tiempos críticos, presentan una clara y marcada tendencia hacia la abstinencia sexual, basados en que el exceso de tensión les impide “desempeñarse” normalmente.
Viene entonces a mi mente la sencilla relación que existe entre veneno y antídoto: la misma cosa que te puede matar, es la que puede terminar salvándote la vida. Solo es cuestión de probar y seguir probando hasta dar con la fórmula ganadora.
Llámese probar a diferentes posiciones, escenarios, atuendos, juguetes, jueguitos y todo lo que sea necesario (TODO); aún más sabiendo que la situación puede convertirse en un caso de vida o muerte.
Digo de vida o muerte porque todos hemos leído en las noticias acerca de la cantidad de gente que se ha auto-recetado un viaje al más allá por cuenta de la presente crisis. Quiero creer que lo habrían pensado mejor si hubieran estado cogiendo rico con alguien; aun cuando la crisis los hubiera dejado sin un cinco en la bolsa.
Porque si bien es cierto que la plata muchas veces es necesaria (el motel, los condones, los accesorios, las birras, la cenita preludio, todo eso cuesta…), coger es gratis y a como están las cosas no se puede despreciar nada que sea gratis. Además, cuando se quiere, generalmente se puede.
Por otro lado hay otros seres que, con mucha sapiencia, ven en la crisis una gran oportunidad para explorar, acentuar, redescubrir y, por ende, mejorar su experiencia sexual. Esta determinación, como método de alivianar tensiones provocadas por otras situaciones menos placenteras de la vida, termina convirtiéndose en una experiencia muy beneficiosa para quienes la practican.
Entonces, mis bien amadas criaturitas, si se sintieran con mucho estrés, ya tienen una receta infalible y muy a la mano para contrarrestarlo.
Y como en estas épocas la principal recomendación es ahorrar para no pasar penurias y satisfacer, por lo menos, las necesidades básicas, hay que guardar la platita para las cosas que son sagradas: la comida, diría una madre; el guaro, diría un borracho; y el sexo, agregaríamos todos los demás.

Meterla en la planilla o buscando a Adelaida (Jun-2009)

Una de las cosas más maravillosas del sexo es que casi cualquier escenario es bueno para practicarlo, siempre y cuando se tomen las precauciones básicas para evitar arrestos por atentar contra la decencia y la moral pública.
Muchas veces, los lugares menos indicados son los que más tentación representan para los presuntos implicados. Uno de esos lugares “menos indicados” es el lugar de trabajo, mejor conocido como “el brete”.
Y digo que es de los menos recomendables porque, en el caso de ser descubiertos (dependiendo del rango y posición de los felices calenturientos) puede costarles no solo la vergüenza (el bañazo) delante de los compañeros, sino también el pan de cada día porque muy probablemente les corten el rabo por pelárselo, de manera literal, en el santo lugar de labores.
Creo que todos hemos escuchado el sabio consejo que dice que no es conveniente meter la pinga en la planilla. Sin embargo, estoy segura de que ese consejo aplica más que todo en una dirección jerárquica de arriba hacia abajo. ¿Por qué? Pues porque hay que ser jefe o por lo menos tener personal a cargo para poder meterla en la planilla. De otra forma sólo sería un revolcón entre subalternos.
Veamos, como ejemplo clásico de todos los tiempos, el caso del jefe y la secretaria. Si todo lo que los vincula está bien ubicado entre la oficina de él y el escritorio/archivo de ella, ¿qué necesidad tienen de salir del edificio? ¿Qué tanto pueden comer que se tarden 3 horas en un almuerzo? Y más aún, ¿dos o tres veces a la semana? Que yo sepa, el día de la Secretaria es una vez al año, igual que el de las Madres y el del Adulto Mayor y a ninguno de los dos últimos los sacan a “comer” tan seguido.
La recomendación de evitar las relaciones sexuales en el trabajo, a pesar de lo saludable, es obviada con mucha frecuencia. Al parecer, el riesgo que implica el ser atrapado en el acto (la adrenalina del rapidín a escondidas o la quedada tarde para hacer “horas escritorio” en vez de hora extra) sigue siendo un gran motivante para muchas criaturas; y el sueño convertido en pesadilla de muchas otras.
Sé de parejas que han sido pilladas en lo más y mejor dentro de los baños; otras en la alfombra entre los sillones de la oficina (en un intento de utilizar el mobiliario como trinchera, con poco éxito por supuesto); otras detrás/debajo del escritorio. Sé de una chica que se metió a coger con un compañero en un closet y el jefe la sacó arrastrada de los tobillos mientras el frustrado amante la jalaba de las muñecas para que no se la llevaran. Me imagino que el pobre no había tenido chance de terminar. ¡Eso sí es un pecado!
Lo cierto es que, el común denominador en cada situación de estas es el color (o el colorazo, depende). Me explico: ya sea que sean pillados, en cuyo caso la pena suele ser mayúscula porque, por lo general, quedan expuestos ante todos los inocentes transeúntes que coincidan con la gran pelada de chacalín; o que se salgan con la suya y nadie los pesque, SIEMPRE se les suben los colores a la cara y se les va a notar agitados y/o con problemas de transpiración.
Por eso, la próxima vez que sospechen de algún affair en la oficina (normalmente sólo son sospechas aunque sea un secreto a voces: recordemos que todo mundo es inocente hasta que se le pruebe lo contrario… o hasta que los encuentren pantalones-abajo/enaguas-arriba) presten atención a aquellos individuos que de repente se materialicen ante sus ojos un poco sudorosos y con el look de Heidy cuando recién llegó a la montaña: con los cachetes rojos-rojos, los guachos bien pelados y una cara de gran satisfacción. Fijo se les acaba de hacer el día.

A Dallas por Detroit (May-2009)

Los temas más divertidos pueden surgir en la conversación cuando se congregan dos o más mujeres. Incluso con orejas masculinas deambulando en los perímetros del “foro” femenino, el discurso puede dar giros intensos e inesperados.
Un sábado de estos, varias amigas empezamos a hablar de ellos, de los hombres. No recuerdo por cuál razón específica nos metimos en el tema de los homosexuales y de ahí pasamos al reconocido tabú que es el sexo anal. Una de ellas (evidente y fuertemente influenciada por la película Brokeback Mountain) afirmó con vehemencia que cualquier hombre que busque tener sexo anal con su compañera es, sin lugar a dudas, un tipo con tendencias homosexuales.
-“No necesariamente”- dijo otra- “depende de la frecuencia con que lo pida.”
Esta amiga, a quien llamaré Teresa, afirma que una cosa es que de vez en cuando y por mutuo acuerdo (en pro del gusto que da la variedad) se le dé un giro de 180° a la situación en la alcoba, y otra muy diferente que todo el tiempo o la mayoría de las veces el tipo quiera que le den la espalda, lo que demostraría un patrón de conducta no muy normal en una relación heterosexual.
Hay un hecho comprobado científicamente y es que en las proximidades inmediatas del ano (llamado cariñosamente por muchos “el asterisco”) hay un centenar de terminaciones nerviosas que hacen del lugar un punto muy sensible a la estimulación y al tacto, tanto que me atrevería a asegurar que si no fuera porque nosotras ya tenemos bien ubicado nuestro Punto G, ambos sexos habríamos compartido coordenadas geográficas al respecto.
Entonces, nos pusimos a especular que los hombres heterosexuales tienen razón de guardar y proteger con tanto celo la zona en cuestión, porque hemos escuchado rumores de que, por lo general, el que prueba le gusta y si le gusta pues imagínense cómo puede seguir la historia.
Pero volviendo al tema de la variedad, actualmente muchos profesionales en sexología insisten en la importancia de experimentar e innovar en la relación sexual para mantener en un nivel adecuado las dosis de pasión e interés dentro de la pareja. Sin embargo, esto no es nuevo. Lo realmente novedoso es que la opción del sexo anal entre parejas heterosexuales sea aceptada y considerada como una alternativa viable y muy placentera para ambas partes, si se siguen las recomendaciones del caso. A saber: una excelente lubricación (aquí se vale de todo pero casi siempre implica el uso de sustancias externas o, como dice Willy “mucha salivita”), una estimulación gradual del orificio anal (máxime si es noche de debut), suficiente tiempo, calma y relajación y, lo más importante, un completo control de los movimientos por parte de la mujer.
Al final, todas coincidimos en que de todo hay que probar en esta vida para poder decir “me gustó” o “no me gustó”, aparte de que es importante reconocer que poco a poco las mentes se van abriendo más y más en lo que a sexo se refiere, dejando atrás, con pompa y gloria, el tiempo en que hasta la práctica sexual más básica era tachada de pecaminosa y tabú.
Así las cosas, gente, les dejo la inquietud de la media vuelta. Y cierro el tema aquí porque, como me dijo una de las chicas esa noche, esta columna se llama La Bisagra, no El Asterisco. Aunque de vez en cuando nos guste darle vuelta a la moneda para verle la otra cara.

La mejor banda sonora (Abril-2009)

Cuando hablamos de la oralidad en el sexo, no necesariamente hay que imaginarse la-boca-en-aquello o aquello-en-la-boca. Como seres sociales que somos, no podemos dejar de comunicarnos y aunque no se me ocurre mejor forma de comunicación entre dos cuerpos que el sagrado y sabroso acto sexual, a veces nuestra voz también tiene que decir “presente”.
Hay a quienes les gusta hablar o que les hablen. Es obvio que no me refiero a conversaciones articuladas sobre la crisis económica mundial o el último escándalo político del país. No, ese momento es casi exclusivo para decir esas famosas cochinadas que se escuchan en las películas porno gringas, traducidas por supuesto o más bien, adaptadas.
Habrá a quienes les guste que esas cositas se las digan con una voz fuerte y firme, entre jadeos (no se puede de otra manera, creo) y existirán quienes las prefieran susurradas en la pura oreja. Cualquiera de las dos maneras ayuda a incrementar la excitación no solo de quien las recibe sino también de quien las ofrece.
Dejando de lado las palabras más o menos bien articuladas (no siempre se puede hablar con una dicción impecable cuando la agitación es mucha; si no lo creen, traten de conversar cuando van corriendo…) otro factor oral que está presente en las interacciones sexuales son los gritos.
Por lo general, somos las mujeres las gritonas. En esto no hay mucha tela que cortar: están las que gritan y las que tienen silenciador. Conozco a una chica que dice que si no se libera pegando alaridos, no siente que cogió a cabalidad. El problema de esto es que tiene que hacer una de dos cosas: o coger siempre en un motel donde nadie vaya a llamar a la policía porque piensen que la están matando, o vivir en una casa un poco alejada de los vecinos porque si no se darían cuenta cada vez que se echa un polvo.
Conozco a otra que dice que no grita. No porque no quiera o no le guste, sino porque así se acostumbró desde que empezó a travesear con su primer novio. Explica que esas “travesuras” tenían que ser a escondidas y con frecuencia en la casa de los papás de una o del otro, por lo que la discreción era fundamental. Como en materia de sexo casi todo se vale y casi todo hay que probar, la recomendación es intentarlo ahora, a ver qué le parece.
Lo importante del asunto no es qué tan fuerte sea el grito sino que ambos se sientan cómodos con la bulla, porque me contaba un amigo que una vez estaba en lo más y mejor con una doña y de repente esta soltó un gruñido horrible, tan feo dice, que se acordó de Linda Blair en El Exorcista y cuando vio que tenía los ojos en blanco se asustó tanto que se le bajó todo. Entonces, la moderación también es aconsejable.
Otra expresión oral muy aceptada y bien recibida son los gemidos. Un término medio entre la palabra y el grito e indudable prueba de nuestros instintos animales más primitivos, los gemidos están siempre cargados de sensualidad. Son además muy sugestivos y dicen muchísimas cosas sin necesidad de tanto esfuerzo en articular frases o rasparse la garganta.
Si lo táctil y lo visual son factores fundamentales en el sexo, lo mismo que en una buena película, el soundtrack no se puede quedar atrás. Subir o bajar el volumen, en realidad es intrascendente: el efecto que producen los sonidos en sincronía con los movimientos es lo que verdaderamente importa. Es una de las cosas que nos invita a volver a ver la “movie”.

jueves, 5 de marzo de 2009

El políticamente correcto pene (Mar-2009)

Continuamos este mes con los apodos de los órganos reproductores, esta vez dedicándole toda nuestra atención al lado masculino. Nos hemos dado cuenta de que en esta área el terreno es mucho más fértil de lo que esperábamos, pero no es tampoco una gran sorpresa dado que a lo largo de la historia, el hombre ha tenido una mayor libertad de expresión en materia de sexo.
Vamos de nuevo por categorías, a ver qué encontramos:
Del Reino Animal: por lo general cualquier nombre de serpiente es utilizable para nombrar al pene, pero los preferidos son los que citan a especies de gran tamaño como la anaconda o la pitón (lo cual también dice mucho de la modestia del dueño) aunque a veces, a la hora del show, lo que se aparezca sea un gusanillo o una lombriz. Por el lado de las aves también es prolífica la lista pues le llaman el pájaro, la polla, el pato, la paloma, el carraco, el gallo chiricano, el pichón o en casos graves de minimalismo, el colibrí. Partes de animales también sirven de apodo, como trompa de elefante, nariz de conejo, pescuezo de pollo, cola de mono, cacho, cabeza de chompipe o simplemente pico.
De objetos varios: le dicen la tuca, el leño, el tronco, el palo encebado, el bate, el garrote, el tolete, el sable, la espada del augurio (muy Thundercats), la manguera, la perforadora, el taladro, la pistola, el rifle, la ametralladora, la bazuca, la lanza fuego, la flecha, el puro de Campeche (que no echa humo, echa leche), la perinola, el paquete, el pedazo, la pierna del medio, la palanca, el freno de mano, el joystick, el clavo de 4 pulgadas (en reposo) o el mazo.
De instrumentos musicales y otros aparatos de soplar: en este caso tienen que ser comparables con el pene en forma y usos alternos (tener que llevárselos a la boca para que funcionen es un requisito fundamental) por lo que tenemos el saxofón, la flauta dulce, la corneta, el clarinete, la trompeta, la cerbatana, el pito y hasta el espanta suegras.
Los nombres inventados: entre estos están la pilín, el pipí, el piricacho, la miona, la pirula, la pija, el mípalo (ellos preguntan ¿te gusta la miel de Mípalo?), la poronga, el pirulín y la (muy a la tica) picha. En spanglish encontramos el pene-trator y el pene-drive.
Los nombres propios famosos: usualmente la modestia es una virtud ausente a la hora de nombrar al pene por lo que algunos deciden llamarle Rambo, Tarzán, Schwarzenegger, Terminator, MacGyver, 007, Triple X y hasta Chuck Norris; todos grandes personajes de acción y masculinidad extrema. Otros le dicen Nessie (en honor al monstruo del lago Ness), Godzilla o Taz.
De los comestibles: volvemos al asunto de la intrínseca relación entre el sexo y la comida. Por aquí tenemos nombres súper comunes como banano, plátano, guaba, pepino, maní y vainica. Los de chupar: boli, popi, melcocha y helado de palito. Los embutidos: salchicha, salchichón, salami y chorizo. Las harinas: bollo, baguette, arrollado de carne, taco de carne y churro relleno (de aquí se deriva la churromanía…). Y los sustitutos: chupón o chupete.
El velo del tabú tiende a recaer sobre los temas sexuales con una alta frecuencia por lo que la suplantación de nombres es una práctica común y muy justificada cuando se trata de hablar de sexo, en especial cuando se le quiere poner un poquito de picante o jocosidad a la conversación. A veces también se busca el efecto de que suene un poco sensual o bien, políticamente correcto; aunque esta no sea la norma general. Porque “agarrame la verga” no suena tan decente como “agárreme el banano”, pero ambas suenan mucho mejor que “coloque su mano en mi pene”, si saben a lo que me refiero.

Simios, sapos y otros nombres “comestibles” (Feb-2009)

A los ticos nos caracteriza un “talento” innato para poner apodos y cambiarle el nombre a las cosas (un saludo especial para todos los alajuelenses, que en este campo se llevan el premio a la excelencia) y nada ni nadie se escapan a esta manía nuestra. Ni siquiera (ni mucho menos) “aquella cosa” que cada persona tiene en medio de las piernas.
En esta columna –y en la que sigue- haremos un repaso de algunos de los sobrenombres más comunes que se escuchan por los caminos de la vida, para designar popularmente esa parte especial de nuestro cuerpo. Empezaremos con las damas, citándolos por categorías, de acuerdo al origen del apodo:
Del Reino Animal: De los mamíferos, el sobrenombre más famoso es el mono o mico, en referencia –suponemos- a lo peludo del asunto en cuestión (aunque ahora, con tantas técnicas de depilación nuevas, eso es algo muy relativo). También le dicen el misingo, derivado del apodo “car’e gato” o bigotudo; de nuevo, en referencia a las vellosidades del área. Se le ha denominado, además, (y este es un nombre que sólo he oído en la bajura) “la huella de venado” o camel toe en inglés; nada más usen la imaginación…
Por el lado de los anfibios, el apodo favorito es “el sapo” (contradiciendo a los apodos anteriores, pues los sapos no tienen pelos) y cuando alguien dice “vieras qué sapo más grande”, todos los pensamientos se van por la tangente. De la familia de los insectos, están los términos la cuca, el escarabajo y, uno más general, el bicho.
Objetos y cosas: Los apodos más comunes en esta categoría son la cosa o el “chunche” y bien sabemos que son palabras comodín utilizadas para muchos fines diferentes. La pepa, el aparato, la hendija, el partido, la concha y –un favorito de esta columna, por razones obvias- la bisagra, engrosan esta lista. Me llamó mucho la atención una vez cierto tipo que decía que tal mujer tenía “el garaje” donde él parqueaba su “carro” y según él, siempre andaba en busca de un nuevo garaje.
Palabras inventadas: Aquí nos podemos dar gusto citando nombres que se inventan y que nadie sabe a ciencia cierta qué quieren decir, más que una designación para el aparato reproductor femenino. Entre otros se pueden mencionar el guayoyo, el sisimiqui, el mikiri (este hasta tiene una canción y de todo), el wiwicho (este es un nombre navideño, basado en el coro de un famoso villancico en inglés), la chocha o el chuica. Si se practican bastante y se llegan a hacer más populares quien quita un quite y hasta se podrían convertir en neologismos (nuevas palabras).
Comestibles: otra categoría que da para mucho es esta y al relacionar a los órganos sexuales con comida queda demostrado, en forma tácita, que el sexo oral es mucho más popular de lo que la mayoría reconoce. Por el lado de las frutas y verduras tenemos que le dicen la papaya, el níspero, el zapote, el mamey, el zapallo, el repollo y la semilla de café. Representando a los mariscos están los siguientes: la ostra, el mejillón, la chucheca y, dependiendo del tamaño, hasta el ostión vaca. En el campo de los carbohidratos también hay material pues le llaman el pan dulce, el bizcocho, el rosquete, la arepa y la biscotela; sin embargo, la más popular de este grupo es la empanada, denominación de la cual se derivan una serie de nuevos apodos como “panocha” y ese mismo término masculinizado, que en este mundo post-moderno y rebosante de anglicismos se ha convertido en el muy perseguido “bread-8”.
Tengo la seguridad de que la lista podría seguir por más páginas, pero vamos a dejarla hasta aquí por el momento. Para la próxima edición repasaremos los apodos del órgano reproductor masculino y quiero invitarles a que nos envíen (con su justificación o explicación) aquellos sobrenombres que les llamen la atención dentro de las categorías que citamos (o en algunas nuevas, si fuera del caso) a nuestro correo electrónico.