miércoles, 1 de junio de 2011

Yo no soy adicta a Facebook

El aumento acelerado en el acceso a Internet y sus bondades como medio de comunicación para quienes lo utilizan, han hecho de este recurso una necesidad casi vital, como el aire, el agua y la comida.

Pero más allá de la accesibilidad a esta forma de comunicarse, yo pienso que su encanto radica en la capacidad de interacción que ella encierra. Tal es el caso de las redes sociales.

Mi experiencia de escritura cibernética inició allá por el 2005 cuando, a instancias de una profesora de cuento, abrí mi primer blog (llamado “Florielazos”) en el que posteaba pequeñas obras literarias mías y, por supuesto, apreciaciones muy personales de la vida.

Cuando surgió la moda esta de las redes sociales en Internet, abrí una cuenta en Hi5, que mantuve activa hasta que apareció Facebook y le pateó el trasero fuertemente.

Aparte de ser más atractiva la parte visual y de diseño de la nueva red, el menú era más dinámico y constantemente estaba renovando las opciones de la página; cosa que nunca sucedió en Hi5 o por lo menos no que yo recuerde.

La inmediatez que Facebook me ofrece con mis amigos y conocidos (hay que reconocer que talvez sólo el 10% de mis 700 amigos registrados son merecedores del título oficialmente) es una delicia.

Además, se ha convertido en un instrumento de catarsis donde puedo escribir lo que pienso, canto, siento o quiero (con la mínima autocensura necesaria para no violar las normas del decoro o la decencia…la mayoría del tiempo), cada vez que se me antoja.

Y lo más rico de eso es que esa misma inmediatez se comprueba con frecuencia, cuando esos amigos y conocidos hacen comentarios (a veces despotrican, también) acerca de lo que puse.

El poder es de quienes tienen la información; esa es una frase que llevo conmigo todo el tiempo. Siempre me ha gustado estar bien informada de todo lo que sucede a mi alrededor y Facebook ha sido una fuente inagotable de información desde que nos presentaron y acepté su solicitud de amistad.

La duda que yo tenía es si era o no adicta a Facebook, porque ya varias personas me habían hecho comentarios (probablemente llenos de envidia) acerca de las horas (muchas) que pasaba conectada a la red.

El lunes hice la prueba: no me conecté más que en la mañana (10 min) y en la tarde (otros 10) para revisar si había algo interesante. Durante el día no me sentí deprimida. No sentí que me moría o que se me quitaban las ganas de vivir. No me dio ansiedad ni perdí el apetito.

Lo que sí pasó es que fue un día extremadamente productivo, hice más trabajo del que hago cualquier día normal con Facebook abierto y me sentí bastante satisfecha por haber avanzado tanto.

Lo disfruto mucho, no lo niego. Me divierte y me informa y, bien aplicado a mi trabajo, es una herramienta maravillosa. Pero yo no soy adicta a Facebook, ya lo comprobé, aunque haya quienes digan lo contrario.

jueves, 26 de mayo de 2011

Sin permiso, no toque


Recuerdo a un poeta, figurativamente fallecido hace algunos años ya, a quien le cuestioné en cierta ocasión el porqué sus textos sexuales contenían cierto grado de violencia; eso según mi libre interpretación de los mismos.

Algunos de esos escritos, que para mí eran más narraciones poético-sexuales que otra cosa, parecían contener visos de violación y aunque en realidad yo no creía que así fuera, la pregunta estaba en el aire y un día se la dejé ir.

El poeta se rió (a carcajadas) y me dijo que no. “Todo, siempre, ha sido consensuado”. Bien, la respuesta me satisfizo (y calmó un poco el temor morboso que sentía por el tipo) pero más allá de eso, se me quedó grabada en la memoria.

Y es que, aunque casi todo en esta vida debería ser así, el sexo en particular tiene que suceder SIEMPRE por mutuo acuerdo. En eso no existen medias tintas: o los dos quieren o no hay de piña. Cualquier suceso en condiciones distintas a esas se convierte en abuso.

Pero como de todo hay en la viña del Señor, existen las personas que esto no lo entienden, no lo quieren entender o simplemente se hacen las soviéticas. Claro, también están quienes sufren alguna enfermedad o parafilia, pero esos casos no sé si echarlos en un saco aparte porque no logro decidirme cuánto de enfermedad y cuánto de sinvergüenzada tenga el asunto.

Para cualquier análisis, además, se debe tener claro que sexo no necesariamente debe implicar penetración. Un tipo que, por ejemplo, se saque el “pato-aparato” (como diría una amiga mía) para enseñárselo a alguien (sea hombre o mujer) que no lo quiera ver o que no se lo haya pedido de forma explícita, está cometiendo una violación. Leve o no, es una violación igual.

Voy a lo mismo con aquellas personas a quienes les fascina meter mano cuando no tienen permiso. ¿A quién no le ha pasado que le toquen una teta, una nalga o le metan la mano en la entrepierna cuando ha ido caminando por esos caminos de Dios, ocupándose de sus propios asuntos?

Aparte de la furia que se puede sentir (ganas de agarrar a patadas a esa persona no termina de describirlo) está la humillación de que hayan violentado tu intimidad en plena vía pública. Para nosotras las mujeres, en especial, es algo muy humillante.

De hecho, después de la última vez que me tocaron en la calle, me hice a mí misma la promesa de aprender algún tipo de arte marcial, para acostar en la acera y patearle su pervertido e impertinente trasero a quien se atreviera a intentarlo de nuevo.

No pregunten. No he ido a las clases, pero ando gas pimienta en el bolso siempre, por si acaso.

Por eso me alegra mucho el fallo de un día de estos en el que a un tocón de esos, que probablemente se iba a caminar por las calles de San José a ver a cuánta mujer incauta manoseaba, para sentirse muy machito y poder sublimar su patética vida sexual, le dieron 4 años de prisión por abusador.

¿La moraleja? Si no tiene permiso, no toque. Si cree que su contraparte se pueda enojar, no toque. Si va por la calle y no conoce a la persona, no toque.

Pero si tiene la seguridad de que a la otra persona le va a gustar, está esperando el contacto y tiene todos los permisos legales, sanitarios y municipales, no toque: entre.

miércoles, 25 de mayo de 2011

La Bisagra Reloaded

Hola a todos y a todas:
Aquí estamos, retomando este espacio sin censura y sin tapujos, gracias a un cursito de periodismo electrónico que me toca llevar en la U este cuatri. Quisiera darles la bienvenida e invitarles a que se sientan totalmente a gusto para comentar, criticar, compartir experiencias y opiniones, y a la vez contarles que también van a encontrarse, de vez en cuando, con un par de publicaciones de corte meramente periodístico, como requisito del curso que les conté.
Sin embargo, pueden esperar lo usual que La Bisagra les ha ofrecido en meses anteriores desde su apertura: contenido picante, divertido y sabroso.
Quedan en su casa, electrónicamente hablando.

domingo, 18 de julio de 2010

Los hombres y las ladronas (Abril-2010)


Ya habíamos hablado antes de los sobrenombres, adjetivos o superlativos que a veces son ricos y hasta necesarios durante el sexo. Para mí, en esas circunstancias de goce, todos tienen connotación positiva porque se dicen con pasión y vienen desde adentro; pero no se puede negar que hay algunos que gustarán (o escandalizarán) más que otros.
De todos los que se puedan usar, uno de mis favoritos es “perra” y les voy a contar porqué.
Puede que nadie se haya dado a la tarea de analizar la estrecha relación que tienen, en especial, los varones con la raza canina. Alguien dirá que es por empatía, que entre perros se entienden. También saldrá el cuentico de que “el mejor amigo del hombre es el perro” pero ¿saben qué?, no es cierto: es la perra.
Me puse a buscar alrededor y resultó que estoy rodeada de historias en las que un hombre mantiene un verdadero “affair” de largos años con una perra. No voy a quemar a los maes, pero puedo mencionar a las perras porque no creo que me demanden; y entre ellas están, a manera de muestra, Princesa, Pantufla, Kazumi y Bella.
Todas ellas, idealmente, iniciaron su relación con sus amos cuando estos eran solteros y sin compromiso. La vida era un amor. Los ojos, las caricias y los juegos del amo sólo eran para ellas. Pero, de repente y en cualquier momento, aparece en escena otra hembra con quien el amo, como es obvio, también quiere pasar un rato retozando y es entonces cuando empiezan los problemas.
Sin embargo, por lo general el conflicto es para una sola de las partes: la recién llegada. ¿Porqué? Porque a veces a las mujeres no nos da el coco como para no ponernos a pelear con un animal que, encima de todo, tiene garantizado el cariño del susodicho que tenemos en la mira. La perra va a pelear contra cualquier otra perra que se le atraviese en el camino, pero la que lleva las de ganar es siempre la cuadrúpeda, porque estaba primero.
Entonces, he oído cuentos de cuentos. A una amiga le pasó que el novio no sacaba a la perra del cuarto cuando iban a coger y en una de tantas la perra seguro creyó que los gritos de su amo eran porque estaba en peligro y se armó la de San Quintín en esa cama. Siguieron dejando a la perra afuera pero una vez que terminaban, va la perra para adentro del cuarto otra vez y ni quién reclame nada.
Otra amiga dice que, después de un round de sexo apasionado con su novio, a Princesa se le antoja acostarse en medio de los dos y que a ella no se le ocurra moverla siquiera porque el mae brinca y le dice: ¿pero por qué la descobija? ¡déjela dormir, pobrecita! Sí, la perra sabe cómo cobijarse y de todo.
A otra chica le pasó que un día amaneció enferma, sintiéndose muy mal, y su novio le dio un beso e igual se fue para el trabajo. Otro día amaneció enferma la perra y el tipo sacó el día de vacaciones para quedarse cuidándola.
Un amigo, que antes vivía solo con su perra, cuando decidió juntarse le pregunté que cómo le estaba yendo. “Bien, resultó ser mejor compañía que Pantufla”, fue lo que me contestó.
En otras situaciones menos afortunadas ha sucedido que la innata capacidad de manipulación que tienen algunas hembras supera los niveles de lo correcto y de alguna u otra manera han logrado separar al hombre de su perra; con el subsecuente sufrimiento del primero y la ingenua tristeza de la segunda.
Así las cosas, siendo ese vínculo hombre-perra tan fuerte (al menos en los casos que he conocido), no es de extrañarse que en el imaginario masculino exista una relación bastante estrecha entre perra y mujer cuando alguna realmente atrapa su atención.
A los hombres, dentro y fuera de la cama, les encanta la palabra “perra” y creo que la usarían con más frecuencia si la mayoría de mujeres no les quisieran sacar los ojos cuando se la ofrecen como el piropo tan sui generis que es.
Cierro divulgando el consejo que me dio un amigo, que ama a las perras tanto como a las mujeres “ladronas”: cuando le digan perra, ladre. Podría ser divertido.

sábado, 10 de abril de 2010

¡Fuera relojes! (Feb-2010)


¿Cuánto tiempo es mucho y cuanto tiempo es poco? Es una pregunta difícil de responder cuando se trata del juego previo. Para algunos, esa antesala al revolconcito es una de las partes más importantes del acto sexual. Yo digo que para todos debería ser de suma importancia. En ese momento las caricias, los lengüetazos, los mordiscos, la fricción de los cuerpos y los besos se convierten en los protagonistas, y cualquier movimiento se vuelve una pequeña representación de lo que está por venir. Un beso con buena lengua, por ejemplo, imita la penetración antes de que ésta ocurra y sin necesidad de mucha imaginación, ese beso invasor puede lograr que la adrenalina y la excitación suban y, por consiguiente, algunas cosas se humedezcan. Las manos también son herramientas de primera. Esos veinte dispositivos de exploración muchas veces hacen todo el trabajo cuando se trata de preparar y dejar listo el terreno para finales felices. Cuando las manos toman el control de la situación, cerrar los ojos y dejarse llevar por las sensaciones que se perciben (temperatura, humedad, textura) es otra manera segura de aumentar los picos de emoción antes de llegar al orgasmo. Cuando se aprende a disfrutar del prólogo sexual, este llega a ser tan entretenido y divertido que se vuelve casi indispensable (habrá ocasiones en que las ganas obliguen a entrar directo a lo que vinimos). Es como cuando vamos al cine y presentan los cortos que nos dan una probadita de lo que nos espera después (siempre y cuando no sea una peli de Freddy Krueger o Chucky, claro está). Lo cierto es que si el tiempo no es una limitante, además de necesario, el juego previo debería ser obligatorio. En el caso de las mujeres, es la única manera de lograr la lubricación natural y necesaria para que todo vaya resbalado y la relación sea placentera. No sólo para nosotras, ojo, para ellos también pues cuando logran provocar cierto grado de humedad en su pareja se les nota la carita de felicidad y evitan además fricciones que puedan resultar dolorosas. Durante el preludio o juego previo, se recomienda practicar una excesiva filantropía, es decir mucha generosidad entre las partes para demostrar nuestro amor al género humano, aunque sea representado en la persona que tenemos al frente o encima o debajo. No hay que guardarse nada de cariño, que no se va a acabar. A mi parecer no importa en realidad cuánto tiempo se extienda el “foreplay” en tanto se acabe cuando ambas partes estén listas para pasar a la siguiente fase del plan, o bien cuando los dos estén ya satisfechos. Porque suele suceder que el preludio se disfruta y prolonga tanto que dura hasta que ya no es necesario pasar al segundo acto y final, por lo menos por el momento. ¿A quién no le ha pasado que, literalmente, se le va la mano y “colorín-colorado-muchas-gracias”? Igual, en ese caso, si ambos lo disfrutaron ¿qué importa? Siempre se puede descansar un rato y empezar el segundo tiempo de un juego en el que no sólo todo se vale, sino que meter mano es requisito fundamental.

Pequeños o enanos placeres (Dic-2009)

Confieso que este mes iba a tratar otro tema, pero recibí un correo de una lectora con sus comentarios y vivencias respecto a la última columna y creo que mucho merecen ser reproducidos. Entonces, ahí les va la Bisagra de noviembre recargada. Por razones obvias se omite la identidad de la autora del correo.
“Querida doña Bisagra:
Me decidí a escribirle este correo porque realmente me siento agradecida con su último artículo acerca de los consoladores femeninos. Verá, yo siempre había tenido curiosidad por usar uno pero no me había animado a comprarlo pues vivo con mi novio y no creí que a él le fuera a hacer mucha gracia. Sin embargo, cuando leí su columna le vi otra posibilidad al asunto, entonces puse a mi novio a leerla, sólo para observar su reacción.
Al principio se quedó callado. Luego me preguntó que si yo alguna vez había usado uno. Cuando le dije que no, no me dijo nada más. A la semana siguiente, fuimos a almorzar al Mall porque en la tarde él salía de viaje, y después de comer me dijo que lo acompañara a comprar algo. Me llevó a Erótica, directo a la sección de consoladores y me dijo que escogiera el que más me gustara. Yo no salía de mi asombro, pero menos de la contentera, entonces me puse a verlos todos y escogí uno, de dos que me llamaron la atención. Mientras mi novio fue a pagarlo, (junto con un par de baterías triple A pues dice que un regalo se da completo o mejor no se da) el tipo que nos atendió me recomendó comprar algún lubricante, que porque era lo recomendado, además de lavar el aparato con jabón antibacterial antes de usarlo por primera vez. Yo le dije “no gracias” a lo del lubricante pues nunca lo he necesitado, acepté el consejo del jabón y salí a buscar a mi amor. Cuando íbamos saliendo de la tienda me dijo que ese regalito era para que no lo extrañara tanto los días que iba a estar fuera.
Esa misma noche lo estrené. El pequeño tiene 3 velocidades de vibración; la primera y la segunda son muy placenteras, pero la tercera (la más veloz) es de manejarse con cuidado pues se siente como un pequeño shock eléctrico y puede dejar la zonas sensibles “atontadas” por unos minutos. El caso es que mi primera experiencia fue todo un éxito y así se lo hice saber a mi novio por teléfono cuando me llamó. Me dijo, con un tono que no supe si era preocupación o celos, que ojalá que no hubiera sido él mismo quien me hubiera conseguido su reemplazo. Yo le dije que no fuera tonto, que el enano trabajaba bien pero que su peso sobre mí me hacía mucha falta, a lo que me respondió que entonces, si me conseguía un saco de harina, resolvía el problema. Chistes malos que se le ocurren para que yo le repita qué tan importante es para mí, pero bueno.
Lo que yo no sabía era que lo mejor estaba por venir. Cuando volvió al país, por supuesto quería estrenar al aparato conmigo, pero principalmente observar la acción, creo yo. ¡Qué cierto es eso de que les encanta ver! La cara que tenía era la misma de un chiquito que lleva meses esperando un juguete y por fin lo tiene entre sus manos o, en este caso, las de su novia. Pero más allá de eso, a partir del momento en que él dejó de ser simple espectador y se volvió partícipe de la acción, lo único que puedo decir es que las cosas se pusieron tan intensas que la experiencia en solitario, que ya de por sí había sido excelente, se quedó unos diez niveles de calidad por debajo de lo que fue utilizar el consolador en pareja. ¡Con decirle que por primera vez en la vida me dormí yo primero que él!
Entonces, de nuevo tengo que decirle gracias por el consejo y las ideas, han sido de muchísimo provecho para mi vida sexual, o la nuestra, en realidad. Ahora solo me falta ponerle nombre a nuestro nuevo amigo; ¿alguna sugerencia?”
No querida, mis agradecimientos son para vos por compartir, aunque me da un poco de pena reconocer que siento que mi columna fue la que se quedó un poco corta para lo maravillosa que parece haber sido tu experiencia. Ojalá que, como vos y tu novio, otras parejas se animen a experimentar y a descubrir esos “pequeños o enanos” placeres que pueden estar a la mano de todos, pero que muchas veces no nos atrevemos a explorar.
Me despido con los mejores deseos de felicidad, amor y buen sexo para ustedes este fin de año que se aproxima. Nos vemos en enero.

viernes, 6 de noviembre de 2009

El monstruo verde de Dilana (Nov-2009)


Recuerdo claramente la primera conversación que tuve acerca de consoladores. Fue con una amiga, que a su vez tenía una amiga casada con un gringo. Para el cumpleaños, el gringo le había regalado a su esposa, Dilana, un consolador. Según mi amiga, que lo había visto, el aparato era enorme y estaba en clara desproporción con la talla petite de Dilana. Además de eso, era de color verde fosforescente, apenas para no pasar desapercibido en la gaveta de la mesita de noche, por si alguien lo necesitaba con urgencia en la oscuridad. Se ganó el apodo del “monstruo verde de Dilana”.

En aquella ocasión (aclaro que fue hace varios años ya) mi amiga y yo disertábamos acerca de si el gringo era una de dos opciones: un gran pervertido o un gran impotente. Por supuesto que en esas épocas de oscurantismo sexual, la única funcionalidad de un “dildo” (como se le llama popularmente en inglés) era llenar la ausencia absoluta y permanente de un pene que le colaborara a una. O sea, tener un consolador si acaso era aceptable para una mujer sin pareja y su posesión se mantenía bajo el máximo secreto. Qué tristes tiempos los de la ignorancia…

Y por supuesto que, al ser básicamente un instrumento de autogratificación, las masas (en especial, las mismas mujeres) le fruncían el ceño a su sola mención. A pesar de ello, muchos chistes y cuentos se han inventado al respecto. El más clásico (y el más perdedor) es el de la chica que encuentra a su padre bien borracho en la cocina de la casa, con el consolador plantado en el centro de la mesa, pues se está pegando una “juma” con su yerno.

Pero, si bien es cierto que los consoladores y/o vibradores cumplen esa función en las labores solitarias, no se puede ni siquiera soñar con que lleguen a reemplazar al mero mero, por más que se le parezcan; por más arruguitas y venitas que les texturicen o por más silicon que los revista. Y esto es algo que deberían tener muy claro todos los hombres. Son herramientas muy útiles, sí, pero de accesorios no pasarán.

Eso dicho y aclarado, es necesario mencionar que hay una nueva función que más recientemente se le ha descubierto a estos pequeños amigos: se pueden usar de juguete en una relación de dos. Para nadie es un secreto que a los hombres les encanta pensar en una mujer que se masturba. Y como a nosotras nos encanta complacerlos, si de hecho pudieran ver en vivo y en directo, en vez de solo imaginárselo, ¿se imaginan a qué nuevos puntos de ebullición se podría llevar la temperatura en la cama?

Sin embargo, con todo lo maravilloso y divertido que suena lo anterior, existe un pequeño problema: todavía hay algunos machos (la mitad de los que interrogué, más o menos) que parecieran sentirse amenazados por ese enano con o sin baterías, que sólo los representa en una milésima parte. Talvez crean, con gran desatino, que pueden ser remplazados; entonces se cierran y se niegan a experimentar con algo que puede ponerle mucho picante a la relación.

En lo personal, creo que todas las mujeres deberíamos tener un consolador alguna vez en la vida (aunque no tengamos mesita de noche) y, yendo aún más allá, pienso que debería ser un hombre el que nos lo obsequie. Existen de todos los diseños, colores, materiales y tamaños (hay algunos realmente bellos); y no son tan caros: andan entre los $40 y los $120 (a estos últimos, según la descripción, sólo les falta hablar). Les dejo el dato, por si lo quieren tomar en cuenta.

De hecho, sin necesidad de que sea un monstruo verde ni nada muy extravagante, dicho individuo, si se decidiera a botarse con el regalillo, puede estar seguro que el detalle a esa chica nunca se le va a olvidar y cuidado que más bien se convierta en un recordatorio constante: el primer hombre que me regaló un falo. Suena bonito, ¿no?