viernes 6 de noviembre de 2009

El monstruo verde de Dilana (Nov-2009)


Recuerdo claramente la primera conversación que tuve acerca de consoladores. Fue con una amiga, que a su vez tenía una amiga casada con un gringo. Para el cumpleaños, el gringo le había regalado a su esposa, Dilana, un consolador. Según mi amiga, que lo había visto, el aparato era enorme y estaba en clara desproporción con la talla petite de Dilana. Además de eso, era de color verde fosforescente, apenas para no pasar desapercibido en la gaveta de la mesita de noche, por si alguien lo necesitaba con urgencia en la oscuridad. Se ganó el apodo del “monstruo verde de Dilana”.

En aquella ocasión (aclaro que fue hace varios años ya) mi amiga y yo disertábamos acerca de si el gringo era una de dos opciones: un gran pervertido o un gran impotente. Por supuesto que en esas épocas de oscurantismo sexual, la única funcionalidad de un “dildo” (como se le llama popularmente en inglés) era llenar la ausencia absoluta y permanente de un pene que le colaborara a una. O sea, tener un consolador si acaso era aceptable para una mujer sin pareja y su posesión se mantenía bajo el máximo secreto. Qué tristes tiempos los de la ignorancia…

Y por supuesto que, al ser básicamente un instrumento de autogratificación, las masas (en especial, las mismas mujeres) le fruncían el ceño a su sola mención. A pesar de ello, muchos chistes y cuentos se han inventado al respecto. El más clásico (y el más perdedor) es el de la chica que encuentra a su padre bien borracho en la cocina de la casa, con el consolador plantado en el centro de la mesa, pues se está pegando una “juma” con su yerno.

Pero, si bien es cierto que los consoladores y/o vibradores cumplen esa función en las labores solitarias, no se puede ni siquiera soñar con que lleguen a reemplazar al mero mero, por más que se le parezcan; por más arruguitas y venitas que les texturicen o por más silicon que los revista. Y esto es algo que deberían tener muy claro todos los hombres. Son herramientas muy útiles, sí, pero de accesorios no pasarán.

Eso dicho y aclarado, es necesario mencionar que hay una nueva función que más recientemente se le ha descubierto a estos pequeños amigos: se pueden usar de juguete en una relación de dos. Para nadie es un secreto que a los hombres les encanta pensar en una mujer que se masturba. Y como a nosotras nos encanta complacerlos, si de hecho pudieran ver en vivo y en directo, en vez de solo imaginárselo, ¿se imaginan a qué nuevos puntos de ebullición se podría llevar la temperatura en la cama?

Sin embargo, con todo lo maravilloso y divertido que suena lo anterior, existe un pequeño problema: todavía hay algunos machos (la mitad de los que interrogué, más o menos) que parecieran sentirse amenazados por ese enano con o sin baterías, que sólo los representa en una milésima parte. Talvez crean, con gran desatino, que pueden ser remplazados; entonces se cierran y se niegan a experimentar con algo que puede ponerle mucho picante a la relación.

En lo personal, creo que todas las mujeres deberíamos tener un consolador alguna vez en la vida (aunque no tengamos mesita de noche) y, yendo aún más allá, pienso que debería ser un hombre el que nos lo obsequie. Existen de todos los diseños, colores, materiales y tamaños (hay algunos realmente bellos); y no son tan caros: andan entre los $40 y los $120 (a estos últimos, según la descripción, sólo les falta hablar). Les dejo el dato, por si lo quieren tomar en cuenta.

De hecho, sin necesidad de que sea un monstruo verde ni nada muy extravagante, dicho individuo, si se decidiera a botarse con el regalillo, puede estar seguro que el detalle a esa chica nunca se le va a olvidar y cuidado que más bien se convierta en un recordatorio constante: el primer hombre que me regaló un falo. Suena bonito, ¿no?

jueves 29 de octubre de 2009

De necesitados y creativos (Octubre-2009)

De sexo se ha dicho y escrito mucho, pero definitivamente no tanto como lo que se ha practicado. Nada más tratemos de imaginarnos, por unos segundos, todas las prácticas y poses que se puedan haber implementado a lo largo de los siglos en esta materia. Es probable que no nos alcancen ni la imaginación ni el tiempo para documentarlas.
Eso quiere decir que siempre habrá espacio para algo nuevo, y para comprobar que las posibilidades son infinitas, sólo basta aplicar la creatividad y ver qué resultados obtenemos. Hasta puede pasar que, a veces, la creatividad se convierta en un producto de la urgencia o la necesidad.
Veamos por ejemplo, un caso hipotético: una pareja que lleva años disfrutando del buen sexo mutuo, podría llegar a pensar, en algún momento, que ya han puesto en práctica todas las posiciones que existen a pesar de su continua labor de investigación. Incluso, de tanto que han experimentado, puede que se achaquen el haber inventado una o dos poses novedosas, para el goce propio y del resto de la humanidad.
Pero de repente, en una sesión de alcoba, a alguno de los dos se le ocurre hacer algo diferente; digamos, estirar el juego previo hasta que el límite de aguante del otro esté a punto de traspasarse. En ese estira y encoge de pronto alguien susurra un “Ay por favor, por favor, ya”, y la contraparte, en vez de ceder, se hace un poquito más de rogar. Alcanzado este punto, tenemos dos caminos posibles:
Uno. Que se materialicen los ruegos de una parte, que la otra acceda, y se dé una sesión de lucha-libre-al-desnudo normal, respetando todas las reglas conocidas y utilizando las poses y procedimientos usuales.
Dos. Que alguien (el que ya no aguanta) se muerda la lengua y decida dar la pelea, para tratar de conseguir por sus propios medios lo que quiere.
Este segundo caso es el que nos interesa para ilustrar el asunto de las urgencias y su relación con la creatividad. Resulta que, al darse un ligero conflicto de intereses (uno se hace el rogado y alguien más no quiere rogar, pero los dos quieren coger) el jueguito se convierte en una pequeña lucha en la que, si juegan bien sus cartas, los dos pueden salir ganando.
A ver, supongamos que, como están forcejeando, adoptan una pose medio incómoda que les impide cerrar el negocio. Pero como a la vez es un juego en el que los dos están de acuerdo en participar, el asunto se va calentando más y más, y cuando menos lo esperan ¡zas! todo se acomoda en su lugar, por más imposible que parezca, y terminan simultáneamente, en una posición que jamás se habrían imaginado.
¿Qué pasó aquí? Pues que acaban de inventar una pose y, mientras tratan de recuperar el aire, ninguno de los dos sale de la sorpresa. Hicieron algo que no habían hecho antes.
Entonces, llegamos a varias conclusiones del caso estudiado hoy: primero, si ambas partes están de acuerdo en que quieren, el pene es como un soldado militar que SIEMPRE va a encontrar una forma de atrincherarse, no importa qué tan incómoda sea la pose. Segundo, el romper la rutina (por muy mínimo que sea el cambio) por lo general produce ganancias. Y tercero, a quien dijo que la necesidad tiene cara de chinchorro (Bisagra Agosto-2009), le faltó agregar que también tiene cara de creativo, cuyas ocurrencias nos pueden hacer muy felices, de vez en cuando.

viernes 4 de septiembre de 2009

Perfil de un supuesto o Carta a Perencejo (Set-2009)

Comenzaré haciendo la obligatoria aclaración de que los hechos, personajes y supuestos presentes en esta Bisagra son absolutamente hipotéticos pero no por ello, faltos de validez en nuestra cruda realidad.
Perencejo parece un chico normal o lo que llamaríamos “dentro del promedio”. Un tipo común y corriente; tan corriente que, lamentablemente, está convencido de que el sexo es un tema “superfluo”, carente de la importancia necesaria siquiera para hablar o escribir de ello.
Piensa que hablar o escribir de sexo en términos simples (como cuando conversamos en confianza con amigos), sin tapujos o “al chile” como se dice por ahí, es una tarea que debe relegarse a publicaciones de corte amarillista o revistas pornográficas. Cree que ningún medio de comunicación serio o con fines educativos sería capaz de dedicarle el mínimo espacio a tales nimiedades.
Perencejo no habla de sexo con sus amigos o amigas; simplemente, no es apropiado. Practica la mojigatería como si fuera una religión porque así aprendió desde que era tan solo un “Perencejito”. Sin embargo, sus horas en solitario se las pase fantaseando y practicando para lo que sus amigos llaman “un buen polvo”. Aunque no con mucho esfuerzo pues siendo el sexo un tema tan trivial, no le parece que valga la pena esforzarse.
Dice que cualquier colegial en estos tiempos conoce lo suficiente sobre sexo como para hablar con propiedad y escribir una columna en cualquier periódico o incluso, en la puerta de un baño. Y aunque podría ser verdad, la razón le dice que a tan corta edad es difícil que una persona conozca el todo y el cómo de una sexualidad sana y placentera.
Nuestro querido Perencejo no concibe que una mujer pueda escribir de sexo en términos cotidianos y populares, con la misma naturalidad que lo hacen un grupo de “maes” en un baño de hombres. No, eso no es posible. Por eso piensa que quien escribe esta columna es un hombre que se inventó un pseudónimo femenino para disfrazar un par de huevos, que tienen que ser el cerebro detrás de este tema tan superficial.
Perencejo, como miles de otras personas en nuestro planeta (que sigue patas para arriba por más que tratemos de enderezarlo), no tiene la culpa de pensar así. Él, como esas otras masas, es víctima de una deficiente educación sexual que durante siglos nos ha obligado a aprender, a crecer y a madurar a tientas, a veces un poco tarde. Víctima de un adoctrinamiento religioso que nos ha metido en la cabeza que el sexo es tabú, sucio, prohibido e innombrable. Víctima de una sociedad machista que ha considerado desde el principio de la historia que, en materia de sexo (y muchas otras ramas más), las chicas somos casi un accesorio.
Dadas las circunstancias hipotéticas, y dado lo espinoso y cruel de cada postulado expuesto en estas líneas, si todos los Perencejos que existen no se deciden a revisar su posición respecto a esa prioridad humana que es el sexo, es probable que nuestra especie se encamine más rápido hacia la inevitable extinción, pero esta vez por ausencia de ganas de coger, a falta de parejas deseables.
Y está de más decir que, a estas alturas del partido, Perencejo no es alguien a quien cualquier persona que disfrute del buen sexo, quisiera meter en su cama. Ni de broma.

La necesidad tiene cara de chinchorro (Ago-2009)

Siguiendo un poco en la nota de la columna pasada, dejaremos de lado el asunto de la crisis pero vamos a tocar el tema de las emergencias. ¿Quién no ha pasado alguna vez en su vida por un momento de premura tal, que ha tenido que suspender lo que estuviera haciendo para dedicarse de lleno al motivo de la emergencia? Y sí mis queridas criaturitas, adivinaron otra vez: estoy hablando de sexo.
Resulta que en nuestros cuerpos hay unas pequeñas traviesas, llamadas hormonas que cuando les da por hervir se vuelve un poco difícil (por no decir imposible) detener el curso de los acontecimientos que vienen en camino (la calentura que llaman).
Algunas veces es como una cabeza de agua (indetenible y arrastra todo a su paso), otras como un huracán (no nos damos cuenta qué carajos nos revolcó y después todo queda tirado por todo lado) y otras veces es como una aspiradora gigante que succiona todo el aire (y el tiempo) del momento, pues invariablemente ambos protagonistas quedan con cara de sorpresa y sin aire, como diciendo “¿pero qué pasó aquí?”. Aunque sea una pregunta capciosa pues todos sabemos qué fue lo que pasó: se calmó la calenturilla en un dos por tres.
Una pareja de amigos míos me contaba que cuando eran novios y se escapaban a hacer cositas, en más de una ocasión, de la pura urgencia, tuvieron que parquear el carro a la orilla de la carretera antes de llegar a su destino final. Mi amiga se ríe cuando se acuerda pues dice que la primera vez que él arrimó el carro al zacatal ella le preguntó que porqué y él le contestó que porque ya no aguantaba.
-Claro,- intervino él -si llevaba rato de venirme “güeveando” ¿qué quería? Ni que uno fuera de palo…
Otro amigo me cuenta que una vez la chica ni siquiera le dio chance de que parqueara el carro y se le acomodó en medio del volante y él, hasta que se le saciaron las ganas. Eso suena un poco arriesgado, más con la nueva ley de tránsito pues yo supongo que eso debe ser más grave que hablar por celular sin manos libres. ¿Cuánto creen? ¿Unos 200mil de multa? Qué polvo más carillo… Además, cómo hizo para seguir manejando, eso todavía no me lo explico, pero lo importante, según mi amigo es que todo salió muy bien y no hubo daños a terceros (y la nueva ley no estaba en vigencia, muy importante).
La historia de otra pareja conocida es que andaban de gira y aunque sabían que estaban en la misma zona las posibilidades de que se encontraran eran bajas. Pero por esas cosas de la vida se toparon un mediodía y verse fue acalorarse; y en vez de irse a almorzar como dos personas juiciosas les tocó que buscar chante para ir a sudar la calentura, literalmente. La cosa es que como no conocían bien el área se metieron al primer lugar que decía “Cabinas por hora, 24 horas” y resultó ser un chinchorro de aquellos. Dicen que lo importante es que, por lo menos, la cama no se les cayó y sirvió muy bien a su propósito. Y también que, aunque llovió un poquito, los huecos del techo no dieron como para que se mojaran más que con la sudada de rigor.
El vacilón con este tipo de situaciones es que, por más plan de contingencia que se tenga, a veces no da tiempo de ponerlo en práctica.
Yo sé que hay quienes piensan que antes de meterse a un motelucho de cuarta es preferible incluso irse a “cama verde” pero la verdad es que esta última también tiene sus bemoles. Hormigas, troncos o raíces mal puestos, piedras y hasta serpientes son solo algunas de las cosas que se me vienen a la cabeza, en una pequeña lista relacionada con el asunto. Esto sin mencionar siquiera la posibilidad de que algún parroquiano vaya pasando por coincidencia y se tire el rollo. ¡Ay qué pena!
Lo cierto es que cuando se presenta una emergencia de estas, es porque ya existe una buena química entre las partes involucradas y por lo general, con tal de pasar ese rato juntos (tan juntos que no se sabe cual es cual) muchas veces ni les importa donde sea que estén consumando el acto, llámese “Hotel Las Arenas”, “Cabinas El Zacatal” o “Motel El Tamarindo”.
Por eso siempre es recomendable reprimir un poco las ganas de salir huyendo del lugar una vez acabado el show, por más feo que esté el “chante”, pues se puede prestar para malas interpretaciones, sobre todo por parte de nosotras las chicas que a veces somos un poco más sensibles a esas cosas.
Sin embargo, la historia es diferente si aparecen en escena otros bichos indeseables y rastreros no invitados a la fiesta, como cucarachas, ratones o culebras: en ese caso el permiso de huir es general, masivo e irrevocable. O como dirían mis amigas: ¡corramos todas!
Entonces, la idea es que aprendamos a disfrutar de las emergencias que no requieren de donaciones o recolectas (a excepción de fluidos corporales y otros conexos) y tengamos presente que lo único que hay que dejar bien guardado por un rato es el instinto “pipi” o “VIP” para meternos, por un ratito no más, en el pellejo de nuestros ancestros cavernícolas que, de cueva para arriba, cogían en cualquier lado donde les agarrara la calentura.

Los efectos de la crisis en el sexo y viceversa (Jul-2009)

Estos días que vemos transcurrir en la actualidad tienen de común denominador una palabra que se dice por lo menos una vez en cada conversación: crisis.
La bendita crisis (muchos la describirán con el opuesto de bendita) tiene al mundo entero a su merced. Que si la economía, que si los combustibles, que si la producción de alimentos, que si el desempleo; la lista parece interminable.
Yo creo que es válido mencionarla, analizarla y hasta asumirla en carne propia para ver de qué manera se puede sobrellevar. El problema surge cuando dejamos que la crisis tome las riendas de necesidades fundamentales y básicas en nuestras vidas. Y sí, adivinaron, estoy hablando del sexo.
Para nadie es un secreto que eso tan rico, esa práctica esencial de todos los mamíferos que rodamos por este planeta azul, más que un instinto es una necesidad. Pero encima de eso y como si fuera poco, el sexo constituye una válvula de escape del cuerpo, que se convierte en una herramienta imprescindible durante tiempos de dificultad. Una maravillosa y natural receta anti-estrés.
Hay estudios que señalan la existencia de personas que, al atravesar tiempos críticos, presentan una clara y marcada tendencia hacia la abstinencia sexual, basados en que el exceso de tensión les impide “desempeñarse” normalmente.
Viene entonces a mi mente la sencilla relación que existe entre veneno y antídoto: la misma cosa que te puede matar, es la que puede terminar salvándote la vida. Solo es cuestión de probar y seguir probando hasta dar con la fórmula ganadora.
Llámese probar a diferentes posiciones, escenarios, atuendos, juguetes, jueguitos y todo lo que sea necesario (TODO); aún más sabiendo que la situación puede convertirse en un caso de vida o muerte.
Digo de vida o muerte porque todos hemos leído en las noticias acerca de la cantidad de gente que se ha auto-recetado un viaje al más allá por cuenta de la presente crisis. Quiero creer que lo habrían pensado mejor si hubieran estado cogiendo rico con alguien; aun cuando la crisis los hubiera dejado sin un cinco en la bolsa.
Porque si bien es cierto que la plata muchas veces es necesaria (el motel, los condones, los accesorios, las birras, la cenita preludio, todo eso cuesta…), coger es gratis y a como están las cosas no se puede despreciar nada que sea gratis. Además, cuando se quiere, generalmente se puede.
Por otro lado hay otros seres que, con mucha sapiencia, ven en la crisis una gran oportunidad para explorar, acentuar, redescubrir y, por ende, mejorar su experiencia sexual. Esta determinación, como método de alivianar tensiones provocadas por otras situaciones menos placenteras de la vida, termina convirtiéndose en una experiencia muy beneficiosa para quienes la practican.
Entonces, mis bien amadas criaturitas, si se sintieran con mucho estrés, ya tienen una receta infalible y muy a la mano para contrarrestarlo.
Y como en estas épocas la principal recomendación es ahorrar para no pasar penurias y satisfacer, por lo menos, las necesidades básicas, hay que guardar la platita para las cosas que son sagradas: la comida, diría una madre; el guaro, diría un borracho; y el sexo, agregaríamos todos los demás.

Meterla en la planilla o buscando a Adelaida (Jun-2009)

Una de las cosas más maravillosas del sexo es que casi cualquier escenario es bueno para practicarlo, siempre y cuando se tomen las precauciones básicas para evitar arrestos por atentar contra la decencia y la moral pública.
Muchas veces, los lugares menos indicados son los que más tentación representan para los presuntos implicados. Uno de esos lugares “menos indicados” es el lugar de trabajo, mejor conocido como “el brete”.
Y digo que es de los menos recomendables porque, en el caso de ser descubiertos (dependiendo del rango y posición de los felices calenturientos) puede costarles no solo la vergüenza (el bañazo) delante de los compañeros, sino también el pan de cada día porque muy probablemente les corten el rabo por pelárselo, de manera literal, en el santo lugar de labores.
Creo que todos hemos escuchado el sabio consejo que dice que no es conveniente meter la pinga en la planilla. Sin embargo, estoy segura de que ese consejo aplica más que todo en una dirección jerárquica de arriba hacia abajo. ¿Por qué? Pues porque hay que ser jefe o por lo menos tener personal a cargo para poder meterla en la planilla. De otra forma sólo sería un revolcón entre subalternos.
Veamos, como ejemplo clásico de todos los tiempos, el caso del jefe y la secretaria. Si todo lo que los vincula está bien ubicado entre la oficina de él y el escritorio/archivo de ella, ¿qué necesidad tienen de salir del edificio? ¿Qué tanto pueden comer que se tarden 3 horas en un almuerzo? Y más aún, ¿dos o tres veces a la semana? Que yo sepa, el día de la Secretaria es una vez al año, igual que el de las Madres y el del Adulto Mayor y a ninguno de los dos últimos los sacan a “comer” tan seguido.
La recomendación de evitar las relaciones sexuales en el trabajo, a pesar de lo saludable, es obviada con mucha frecuencia. Al parecer, el riesgo que implica el ser atrapado en el acto (la adrenalina del rapidín a escondidas o la quedada tarde para hacer “horas escritorio” en vez de hora extra) sigue siendo un gran motivante para muchas criaturas; y el sueño convertido en pesadilla de muchas otras.
Sé de parejas que han sido pilladas en lo más y mejor dentro de los baños; otras en la alfombra entre los sillones de la oficina (en un intento de utilizar el mobiliario como trinchera, con poco éxito por supuesto); otras detrás/debajo del escritorio. Sé de una chica que se metió a coger con un compañero en un closet y el jefe la sacó arrastrada de los tobillos mientras el frustrado amante la jalaba de las muñecas para que no se la llevaran. Me imagino que el pobre no había tenido chance de terminar. ¡Eso sí es un pecado!
Lo cierto es que, el común denominador en cada situación de estas es el color (o el colorazo, depende). Me explico: ya sea que sean pillados, en cuyo caso la pena suele ser mayúscula porque, por lo general, quedan expuestos ante todos los inocentes transeúntes que coincidan con la gran pelada de chacalín; o que se salgan con la suya y nadie los pesque, SIEMPRE se les suben los colores a la cara y se les va a notar agitados y/o con problemas de transpiración.
Por eso, la próxima vez que sospechen de algún affair en la oficina (normalmente sólo son sospechas aunque sea un secreto a voces: recordemos que todo mundo es inocente hasta que se le pruebe lo contrario… o hasta que los encuentren pantalones-abajo/enaguas-arriba) presten atención a aquellos individuos que de repente se materialicen ante sus ojos un poco sudorosos y con el look de Heidy cuando recién llegó a la montaña: con los cachetes rojos-rojos, los guachos bien pelados y una cara de gran satisfacción. Fijo se les acaba de hacer el día.

A Dallas por Detroit (May-2009)

Los temas más divertidos pueden surgir en la conversación cuando se congregan dos o más mujeres. Incluso con orejas masculinas deambulando en los perímetros del “foro” femenino, el discurso puede dar giros intensos e inesperados.
Un sábado de estos, varias amigas empezamos a hablar de ellos, de los hombres. No recuerdo por cuál razón específica nos metimos en el tema de los homosexuales y de ahí pasamos al reconocido tabú que es el sexo anal. Una de ellas (evidente y fuertemente influenciada por la película Brokeback Mountain) afirmó con vehemencia que cualquier hombre que busque tener sexo anal con su compañera es, sin lugar a dudas, un tipo con tendencias homosexuales.
-“No necesariamente”- dijo otra- “depende de la frecuencia con que lo pida.”
Esta amiga, a quien llamaré Teresa, afirma que una cosa es que de vez en cuando y por mutuo acuerdo (en pro del gusto que da la variedad) se le dé un giro de 180° a la situación en la alcoba, y otra muy diferente que todo el tiempo o la mayoría de las veces el tipo quiera que le den la espalda, lo que demostraría un patrón de conducta no muy normal en una relación heterosexual.
Hay un hecho comprobado científicamente y es que en las proximidades inmediatas del ano (llamado cariñosamente por muchos “el asterisco”) hay un centenar de terminaciones nerviosas que hacen del lugar un punto muy sensible a la estimulación y al tacto, tanto que me atrevería a asegurar que si no fuera porque nosotras ya tenemos bien ubicado nuestro Punto G, ambos sexos habríamos compartido coordenadas geográficas al respecto.
Entonces, nos pusimos a especular que los hombres heterosexuales tienen razón de guardar y proteger con tanto celo la zona en cuestión, porque hemos escuchado rumores de que, por lo general, el que prueba le gusta y si le gusta pues imagínense cómo puede seguir la historia.
Pero volviendo al tema de la variedad, actualmente muchos profesionales en sexología insisten en la importancia de experimentar e innovar en la relación sexual para mantener en un nivel adecuado las dosis de pasión e interés dentro de la pareja. Sin embargo, esto no es nuevo. Lo realmente novedoso es que la opción del sexo anal entre parejas heterosexuales sea aceptada y considerada como una alternativa viable y muy placentera para ambas partes, si se siguen las recomendaciones del caso. A saber: una excelente lubricación (aquí se vale de todo pero casi siempre implica el uso de sustancias externas o, como dice Willy “mucha salivita”), una estimulación gradual del orificio anal (máxime si es noche de debut), suficiente tiempo, calma y relajación y, lo más importante, un completo control de los movimientos por parte de la mujer.
Al final, todas coincidimos en que de todo hay que probar en esta vida para poder decir “me gustó” o “no me gustó”, aparte de que es importante reconocer que poco a poco las mentes se van abriendo más y más en lo que a sexo se refiere, dejando atrás, con pompa y gloria, el tiempo en que hasta la práctica sexual más básica era tachada de pecaminosa y tabú.
Así las cosas, gente, les dejo la inquietud de la media vuelta. Y cierro el tema aquí porque, como me dijo una de las chicas esa noche, esta columna se llama La Bisagra, no El Asterisco. Aunque de vez en cuando nos guste darle vuelta a la moneda para verle la otra cara.