miércoles, 9 de abril de 2008

Mancha de leche (Julio-07)

Aceitunas, apio crudo, pepinillos, laurel, vino tinto, chile panameño, salsa de soya, clavo de olor. Todas las opciones anteriores, de sabor específico y muy fuerte, son algunos ejemplos que destacan como inconfundibles en mi memoria papilar. Hay sabores exóticos que pueden no enamorarnos a la primera, pero con el tiempo les vamos agarrando el gusto y logramos definirlos como favoritos. Por eso, a la pregunta ¿a qué sabe el semen? las respuestas son tan variadas y distantes entre sí, como mujeres se cuestionen.
De forma inevitable viene a mi mente la broma aquella en la que te preguntan el parecido entre el semen y el agua de mar, o la otra en la que un profesor de química afirma que el semen contiene un alto porcentaje de glucosa mientras una despistada estudiante dice que con razón sabe dulce. Son dos opiniones encontradas; en el primer caso lo que se quiere es establecer una analogía con el sabor salado y en el segundo, todo lo opuesto.
Pues bien, para mí ni lo uno ni lo otro. Si mis papilas gustativas todavía funcionan a cabalidad (deberían; están en la plenitud de su vida útil) el sabor del semen se encuentra oscilando entre el azúcar y la sal. Sin embargo, es súper interesante contemplar el abanico de posibilidades que se abre ante la respuesta de otras chicas a la misma interrogante.
En algo parecido a un “focus group”, me di a la tarea de investigar acerca de esas diferencias, con el único objetivo de ver si existía un punto en el que la mayoría coincidiéramos. Lo único que lamento es no haber podido contar con ninguna opinión masculina al respecto, pues mis conocidos-posibles-candidatos para este estudio por demás informal, no se encontraban disponibles. Un amigo cercano, cuando le conté que iba a escribir sobre el tema, se interesó mucho pues dice sólo haberlo probado por transferencia (o sea, un beso ‘después de’) y es de los que piensan (yo lo apoyo al cien por ciento) que para el hombre debe ser importante estar al tanto de la posición femenina al respecto.
En los resultados obtuve de todo, desde que no sabe a nada (clara evidencia de negación o de una lesión al paladar) hasta que sabe a leche (este…¡”jelou”!). Lo curioso fue que, cuando una de las entrevistadas lo definió como un sabor a marañón, todas las demás asentimos de inmediato. Y es que es cierto, déjenme explicarles porqué: el semen, la lechita, el juguito o como quieran llamarle, tiene un matiz parecido al que deja el fresco de marañón en la garganta y en la lengua; un adormecimiento apenas perceptible; un sabor a ‘mancha’, como lo dijo con gran acierto una de nosotras al final. Ahora, la noción de ‘mancha’ incorporada al sabor del semen se vuelve controvertida (y divertida) cuando se toma en cuenta que su aroma característico es muy parecido al olor del cloro, reconocido elemento ‘quitamanchas’. Ya ven, parece que las contradicciones no se acaban.
Entonces, la palabra mancha se me queda dando vueltas en la cabeza y me acuerdo de aquel dicho viejo que rezaba: si la envidia fuera tiña, todo el mundo se tiñera; lo adapto a la situación y se me antoja comiquísimo un hipotético paisaje de mujeres (y hombres, claro, ¿porqué no?) caminando por la calle con la boca manchada como evidencia de que, aunque hiperventilen y se quieran descomponer ante la inofensiva pregunta de ¿a qué sabe el semen?, la mayoría lo han probado. Por eso, la próxima vez que el dulce destino te lleve ahí, donde un miembro viril se te acerque en actitud amenazante, insolente, cara a cara, no lo pensés mucho: sacale la lengua y dejalo que te manche.

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